LA ADMISIÓN DE NUESTROS ERRORES
Siendo la naturaleza humana como es, una de las cosas más difíciles que estamos obligados a hacer es admitir que estamos equivocados.
Esto es particularmente difícil para aquellos de nosotros que se han desarrollado más a lo largo de líneas ocultas que místicas y cuyos dominantes y tiránicos intelectos se rebelan contra las sugestiones de que pudieran estar en error.
Sin embargo, el no querer admitir un error ha sido la causa de muchas incomprensiones y conflictos entre individuos y de amargura entre grupos mayores de personas, así como entre las naciones.
La general renuncia humana a admitir errores surge principalmente de varios tipos de temor:
temor al castigo, temor a la responsabilidad y temor al ridículo. Una persona puede ser razonablemente inteligente, consciente de un error que ha cometido, y aún fundamentalmente deseosa de confesar el error, sacándoselo de su pecho.
En tanto que esté sujeta a uno o varios de estos temores, sin embargo, es muy difícil para ella “conversar” encuentra más fácil aceptar las consecuencias del silencio, que van desde una conciencia culpable que le afecta a ella sola, hasta un daño significativo que puede afectar a otras personas, que encarar el castigo, la responsabilidad o el ridículo.
El miedo al castigo es un legado de las experiencias de la infancia. El niño que es castigado por hacer errores pronto aprende a callar acerca de ellos. Es un padre prudente y afortunado el que
permanece tranquilo en presencia de los errores juveniles; el que se acuerda de alabar a su hijo por decir la verdad y el que puede hacer que el hijo comprenda plenamente lo que hizo de malo discutiendo el asunto con él en una atmósfera de racionalidad y confianza mutua.
También entre paréntesis, es un padre prudente el que admite sus propios errores en lugar de intentar mantener una aureola de infalibilidad que no engaña a los niños.)
El castigo, por supuesto, tiene su lugar en la disciplina de los hijos recalcitrantes, pero debería ser administrado con espíritu de amor y no de ira, y de aprendizaje más que de imposición del castigo por sí mismo. Comprensible como es el temor al castigo por parte de aquellos que han sufrido inmoderado castigo en la infancia, es, no obstante, un signo de inmadurez emocional en un adulto.
El miedo al castigo también puede importunar a una persona por lo demás estable que ha cometido, por error de juicio o ignorancia, inconscientemente una infracción a una ley o reglamento.
“La ignorancia de la ley no es una excusa,” sin embargo, y aunque parecemos operar en una sociedad sobrecargada de reglas que cubren muchas esferas de actividad, debemos aprender a
aceptar este tipo de situación también como experiencia de aprendizaje. Si alguna vez nos encontramos nosotros mismos en tal dilema, creado por nuestro propio descuido, seremos más cautelosos en el futuro. Es posible que, si confesamos el asunto de plano, nos será otorgada la indulgencia.
Aún si no se nos concede, sin embargo, es mucho mejor para nuestro propio crecimiento que admitamos el error y que venga lo que venga. Nada nos sucede sin razón, y es más benéfico soportar las desagradables consecuencias de un error honrado inmediatamente, que tratar de componer el asunto con el silencio.
Los errores deben ser rectificados y a su tiempo lo serán; no debemos pensar que guardando silencio acerca de ellos haremos que sus consecuencias desaparezcan.
En este contexto, también podemos considerar las responsabilidades que nos sobrevendrán como resultado de nuestros errores. Si hacemos algo malo, aunque sea pequeño y, comprendemos con el tiempo que lo hemos hecho así, es nuestro deber es hacer cualquier esfuerzo por corregir las cosas.
Cuando las personas se han molestado u ofendido por algo que dijimos o hicimos, u olvidamos decir o hacer, obviamente debemos tratar de componer las cosas tan pronto como nos demos cuenta de nuestra falta. Puesto que nunca sabemos cuán trascendentes son aún las más diminutas, es nuestro deber rectificar todas nuestras incorrecciones verbales y de conducta lo mejor que podamos.
La responsabilidad es un aditamento de la evolución; si rehusamos aceptar la primera, no llegaremos lejos en la última. Por supuesto, no siempre es fácil hacer frente a la responsabilidad, particularmente si implica deshacer algo ya hecho o retractarse de observaciones ya hechas, pero como en todos los esfuerzos que valen la pena, cuanto más consistentemente hagamos frente a nuestras responsabilidades, más fácil resultará hacerlo siempre así.
Como todo estudiante oculto debe saber, no se nos darán tareas y responsabilidades más altas, a menos que cumplamos con nuestras obligaciones en el plano físico.
Solamente necesitamos considerar cuántos errores de juicio y comprensión hacemos todavía en el mundo material, con los cuales se supone que estamos tan familiarizados como para que podamos imaginarnos cuán vacilantes serán nuestros primeros esfuerzos conscientes en los mundos espirituales menos familiares. Entonces también se nos hará responsables por nuestros actos y se esperará que nos enfrentemos a las consecuencias de nuestros errores. ¿Cómo podemos esperar vivir de conformidad con nuestra responsabilidad allá, si fallamos en hacerlo así aquí?
El miedo al ridículo es probablemente la causa más frecuente de nuestra renuencia a admitir que hemos estado equivocados.
Esto, por supuesto, no es sintomático de nada más que de orgullo y, por lo tanto, es particularmente inexcusable. Es igualmente inexcusable, por supuesto, que nuestros semejantes se rían de nuestros errores y las personas más altamente evolucionadas que han desarrollado alguna simpatía y compasión, no se rían de tales cosas.
Únicamente aquellos que todavía no están tan desarrollados se mofan de los disparates cometidos por otras personas.
Si podemos recordar esto, seremos capaces de dominar ese muy dañino temor al ridículo cuando se apodere de nosotros.
¿Por qué hemos de molestarnos si un individuo insensible se complace en burlarse de nosotros simplemente porque hemos cometido un error?
Él sería el primero en retroceder si estuviese sujeto al mismo tratamiento y todavía tiene mucho que aprender de una forma dura, y merece nuestra compasión, más que nuestro recelo.
Como sabemos, el orgullo del intelecto es uno de los pecados más habituales y dominantes atribuidos a la humanidad por los Hermanos Mayores.
En tanto que permitamos que este orgullo gobierne nuestros actos, impidiéndonos admitir nuestros errores y obligándonos a mantener una pretensión de “semiomnisciencia,” nos encerramos en una prisión echa por nosotros mismos.
Si permitimos que el orgullo del intelecto se apodere demasiado firmemente de nosotros, al final nos volveremos incapaces aún de reconocer nuestros errores y nos quedaremos solos.
Si no podemos reconocer nuestros errores, no podemos corregirlos; si no podemos corregirlos, no podemos crecer.
También gradualmente nos alejamos de otras personas que, con mucha razón, se enfadan con la conducta objetable y finalmente arrogante que engendra el orgullo.
Más pronto podamos volvernos francos y abiertos acerca de las cosas en que resbalamos, más pronto comenzaremos a vencer nuestro orgullo intelectual y nos liberaremos de una de las faltas más traicioneras que acechan al estudiante del ocultismo.
La afirmación “me equivoqué” usualmente implica que el que habla posee un buen grado de honradez, valor, humildad y confianza en sí mismo.
Es lo suficiente honrado como para ser sincero en su admisión, lo suficientemente valiente como para hablar a pesar de las consecuencias; lo suficientemente humilde como para admitir que hay cosas que no conoce todavía, y lo suficientemente confiado en sí mismo como para aceptar su error como una lección que, lejos de ser degradante, ha demostrado ser instructiva.
Es más prudente ahora que cuando cometió el error y ha aprendido algo que no es probable que olvide.
Si es un Ego avanzado, no se pone ni triste ni airado debido a su error, aunque indudablemente lamenta profundamente cualquier daño así infringido a alguien, pero está agradecido de haber descubierto el error y de haber aprendido de él.
Nuestros errores son a menudo nuestros mejores maestros, y la capacidad de admitirlos valientemente no es de ningún modo la menor de las lecciones que confiere.
Mostrémonos agradecidos por las oportunidades que nos hacen aprender a través de nuestros errores.
No tengamos temor de admitirlos sincera y rectamente, y luego hagamos todo lo que podamos por rectificarlos. En esto está el camino hacia el progreso.
En Amoroso Servicio
Fraternidad Rosacruz de Mexico





